La excelencia como remedio a la tiranía de la perfección y la procrastinación

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Posiblemente una de las respuestas más repetidas en una entrevista de trabajo tras la pregunta “dime uno de tus defectos”, sea la de “soy demasiado perfeccionista”. Y qué decir al respecto de l@s compañer@s que se esconden bajo la excusa “disculpa mi exigencia, soy muy perfeccionista”. Una forma diplomática de mostrar su desacuerdo con el resultado de tu trabajo.

Esta respuesta nos permite esconder nuestro defecto bajo una virtud a medias. Lo aceptamos como algo malo pero no tan malo, pues la connotación sigue siendo positiva: Esa persona siempre trabaja para conseguir el mejor resultado, es muy perfeccionista.

Esta simple diferencia es fuente de la mayoría de frustraciones y limitaciones que nos auto programamos para eludir el desempeño de tareas que nos suponen un mayor esfuerzo – también conocido como procrastinación. ¿Para qué empezar esta tarea si cuando esté, el resultado no complacerá a mi pareja, director, padre, madre…? Él o ella que es tan perfeccionista y a mí que me da tanta pereza empezar.

Es únicamente una cuestión de responsabilidad ante la acción en cuestión. ¿Hacia dónde miramos cuando actuamos? Miramos hacia fuera: ¿Si la desempeño de este modo, quedará content@? O, por el contrario, obramos con la vista puesta hacia nuestro interior: ¿Estoy buscando la mejor solución al problema?

En esta diferencia de perspectiva radica, respectivamente, el principio de la frustración y la consecuente pérdida de mi libertad; o el inicio de mi responsabilidad y la libertad de actuación. Dicho de otro modo, la perfección subjetiva y, por definición, imposible de alcanzar sin ser esclavo de ella o la excelencia objetiva sobre mi acción: He dado lo mejor de mí, me he esforzado para ofrecer la mejor solución.

Decidir el prisma desde el que obramos, parte de un estado cognitivo que radica en estar dispuesto a asumir o no nuestra propia responsabilidad. La tiranía de ser evaluados a los ojos de otra persona “superior” por jerarquía o por propia voluntad (consciente o inconsciente), nos sitúa en una premisa comodona. Pues nos permite seguir sentados en nuestro sofá, sin requerir acción alguna por nuestra parte. Salir de esta comodidad nos obligaría a utilizar una energía para argumentar nuestra actuación.

En muchos casos actuamos así porque nos sentimos desconectados de nuestra propia actuación. Hemos obrado de forma autómata y esto nos convierte en esclavos de la opinión subjetiva del perfeccionista, anulando nuestra creatividad y capacidad de resolución. Una rueda viciada de acción–reacción en la que hemos “domesticado” a nuestro cerebro a una eficiencia energética tóxica para nuestra libertad de actuación, a sabiendas de que cualquier acción seguirá sin contentar el examen de la perfección, hagamos cómo lo hagamos. Es mejor eludir este gasto energético y transferir nuestro estado basal hacia una rabia contenida contra esa persona a la que hemos situado encima nuestro; a veces inevitablemente por jerarquía y, en muchos casos, por propia voluntad. De este modo, volvemos del “examen” repitiendo: Nunca le está bien nada de lo que hago, siempre tan perfecto. ¡Que lo haga él/ella!

Aparte de la rabia, esta escena únicamente propicia un desgaste de nuestra motivación. Si bien es cierto que el tirano es el perfeccionista, nosotros nos hemos convertido en sus esclavos.

En otros artículos hablaremos sobre aquello que lleva a una persona a estar encerrado en las tiranas conductas de la perfección. En estas líneas pretendemos que tomes responsabilidad hacia tus actos y empieces a obrar con excelencia.

La excelencia te permite empezar a ser libre dentro de tu campo de actuación. Te permite ganar en seguridad porque utilizas la energía de tu acto hacia aquello que mejor responde a tu manera de ser. Debes sentir el esfuerzo, éste se podría traducir –en términos empresariales– al costo del producto. En este estadio, estarás en posición de poder defender tu acto con argumentos sólidos y seguros. Argumentar, si es preciso, desde la tranquilidad de haber obrado con todos los recursos de que dispones. En ocasiones nos faltará conocimiento o técnica, aunque si verdaderamente actuamos con la vocación de ofrecer la mejor calidad a lo que nos demandan, nunca estaremos obligados a más.

Esta actitud centrada en ofrecer lo mejor de nosotros es antagónica a la mediocridad de conformarnos con el patrón de perfección subjetiva. En muchos casos superaremos ese patrón, en otros, nos superaremos a nosotr@s mism@s. Siempre estaremos actuando en pro de ofrecer nuestra mejor versión.

En la diferencia de estas consideraciones, nace la pluralidad y la competitividad natural. La excelencia nos obliga a colaborar desde la libertad de uno mism@ y así llegar a todo lo que supera al individuo. Aunque primero se deba encontrar esa individualidad, tema que será motivo de otro artículo.

En resumen, sentir el valor de la excelencia en cada uno de tus actos dotará a tu conducta de una seguridad difícilmente quebrantable. Una libertad de actuación que nace de la certeza con la que operas y proyectas los motivos de tu actuación al argumentar.

Nunca pienses que lo sabes todo. Por muy alto que te valores, ten siempre el coraje de decirte a ti mismo: soy un ignorante.
— Iván Pávlov
 

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